LA GRAN DECISIÓN

 

Negarse a ver la realidad es absurdo. No se puede vincular a un pueblo con una Administración que rechaza y detesta. Es algo así como pedir a un cura que siga diciendo misa cuando asegura haber perdido la fe.

Después de la farsa tragicómica que hemos vivido el 1 de Octubre en Cataluña lo sensato sería aplicar el artículo 155 y convocar elecciones. Pero como los resultados serían muy parecidos y seguiríamos con líderes que viven en la enajenación mental, se impone una decisión de mayor  calado y significado histórico.

Hay que pactar un referéndum vinculante que cumpla todos los requisitos y fije unos mínimos de participación y voto afirmativo (por ejemplo: 70% y 65% respectivamente).

Si pierden, que callen por un tiempo, centren sus ansias en pedir una buena ley de financiación autonómica y recuperen el seny.

Si ganan, habrán resuelto un pleito histórico, quedarán fuera de la UE y cuando pidan la readmisión no lograrán la unanimidad. Lógicamente se precisa de un tiempo para gestionar esa desconexión y que se produzcan los movimientos de empresas y personas deseados. Será curioso ver las decisiones de Caixabank, Banco de Sabadell, Gas Natural y las otras cuatro empresas del Ibex; tal vez romperían sus silencios cómplices.

Que los catalanes paguen sus gastos con sus ingresos y se olviden de balanzas fiscales, una vez que hayan saldado su deuda con el Estado, ese que ya no les robará más.

Para España no sería bueno pero tampoco supondría un desastre irreparable. No nos privaríamos de ningún bien, producto o servicio de los que consumimos y ellos pagarían aranceles por nuestros productos, aunque satisfechos porque ya son independientes.

Lo curioso es que no harían nada que no puedan hacer ahora pero serían felices.

Creo que cuando otros contemplaran como les va en su República, calmarían sus pulsiones independentistas.

Vuelvo al principio: no se puede perpetuar este contencioso histórico ni sostener aquello a base de fuerzas policiales.

Ortega reposará más tranquilo en su tumba al saber que hemos dejado de “conllevar” el problema catalán. Y nosotros también tenemos derecho a dejar de padecerlos.

 

 

 

 

 

 

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